Cada día surgen tantas cosas nuevas, tantos problemas nuevos, tantas otras cosas con las qué lidiar que el vulgo no tiene tiempo para preocuparse de cuantas personas mueren al mes a manos de la delincuencia y no es coincidencia que todos los días se bombardee al ciudadano con nuevas noticias (buenas o malas) y es precisamente para que se interesen poco por esa cuantiosa cifra que año tras año, mes tras mes, semana tras semana y día tras día aumenta y se incrementa hasta llegar a límites insospechados. Y las estadísticas mienten, no hay que fiarse de ellas. Los números que proponen son una cifra infinitesimalmente pequeña a la realidad, a cuántos mueren a diario sin poder evitarlo. Valga la pena mencionar que si el comandante presidente no se da cuenta de esto es por la cantidad de seguridad que dispone cuando sale a la calle y esto es sólo para minimizar un poco la carga de culpa que tiene, no todo puede recaer sobre una sola persona... quienes lo rodean cargan también con esa cruz y acotando a mi favor, Hitler dijo no saber nada acerca de los judíos y todas las otras personas asesinadas durante su regimen. Que cada (ladrón) juzgue por su condición.
Quienes lo apoyaron también juraron en su tiempo no saber nada acerca de esos crímenes de los que estaban siendo "inculpados", la evidencia demostró que eran culpables y cada uno fue cayendo poco a poco. Quienes huyeron a las Américas en busca de asilo vivieron una vida de amargos sabores, de vivir ocultos presa de su propia naturaleza y condicionados por la misma, y así, como Judas, pusieron precio a sus vidas con monedas que no podían ser devueltas.
Asimismo (y para concluir), el tema que pasa por las bocas de quienes quieren ver y oír (pero no callar), de quienes con medallas son halagados por repetir lecciones ajenas y aplaudir como focas ciegamente a su líder hay que verse en el espejo de la historia. (Iósef) Stalin, famoso líder de las URSS (Rusia comunista, para quienes no conocen el término), cuando daba sus discursos de extensas horas e interminables anécdotas, sus seguidores aplaudían al unísono cada palabra de su dictador y el récord de aplausos era siempre suyo y no por lo bueno de sus discursos, sino porque nadie se atrevía a ser el primero en dejar de aplaudir. De hecho, cuando ya los altos funcionarios se aburrían de tanto aplauso pedían a los militares que hicieran señas al público para que dejasen de aplaudir. Por supuesto, Stalin se tragaba doblada esta premisa de que estaba haciéndolo de lo mejor, cuando todo era una farsa. Era de esperarse que cuando la Rusia comunista cayó, todas esas personas que una vez aplaudieron al líder se declararon totalmente opuestas a sus doctrinas y quienes fueron juzgados alegaron en su defensa "yo no sabía". A veces no puedo evitar sonreírme al hablar de algunas de estas atrevidas relaciones.
Culmino pues citando una frase:
“La mejor forma de que alguien haga lo que deseas es que crea que la idea ha sido suya.” Benjamin Linus.
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